jueves, 29 de noviembre de 2012

VACACIONES EN EL MAR: EL AUTÉNTICO "TODO INCLUIDO" (II)

 Capítulo I.

Y llegó el ansiado momento.  A.P. había venido unos días antes desde Tenerife para conocer Barcelona.  La hice recorrer todo lo humanamente posible para una señora de su edad, rodilla protésica y elegante bastón.  Porrrr diosssssss, ¡¡¡nunca imaginé que se pudiera invertir tanto tiempo en ir de la Plaza de Cataluña a Colón!!!  Por su parte, A.M., residente en Madrid, aprovechó para estar con su hijo en Mataró.  Cuando nos encontramos en El Prat, ellas se sentaron a charlar muy animadas y emocionadas, como dos adolescentes en viaje de fin de curso, y a la menda le tocó hacer cola para facturar.  Puse mi pequeño bolso de viaje y sus quinientas maletas en un carrito y guardé mi turno.  Como ese mostrador era exclusivo para los pasajeros del crucero, me dediqué a estudiar al personal y el golpe de realidad fue duro cual rabo de negro encocado (si la frula es buena, claro).  No había fallado en mis predicciones: empalagosos recién casados, familias numerosas, matrimonios de avanzada edad con sus apáticos hijos único adolescentes, grupos de jubilados…  “Bueeeeeeeno, me tomaré estos ocho días como un retiro alcoholizante porque, compartiendo camarote con las dos viejis, no voy a poder hacerme ni una mísera paja de buenas noches”.
-Siguiente, por favor- me llamó la azafata.
-Hola, buenos días- respondí mientras iba subiendo a la cinta toooooooodos los bultos.  -¿Sólo los “deneises” o necesita también los pasaportes?-.  La monga no entendió el chiste y no dijo nada.  Lo interpreté como sólo “deneises”.  -Quería saber si es posible pedir dos sillas de ruedas para mis abuelas.
-No hay problema, ahora mismo te las pido.

A los pocos minutos aparecieron dos chicos uniformados (pantalón canelo y camisa y chaleco amarillos) portando sus respectivas sillas.
-Yo puedo llevar a una, así que no hace falta que se queden los dos-, comenté.  Las viejis no tenían muy claro lo de la silla, sobre todo A.M.; imagino que a nadie le gusta aceptar que necesita ese tipo de “servicios”.  Pero yo le quité hierro al asunto en un santiamén: coloqué las dos sillas juntas, las ayudé a subirse, les puse los pies en los reposadores, le di la cámara de fotos al empleado que se había quedado y me puse entre ellas para tomar la primera instantánea del viaje, jajajajaja.  Las doñas se cagaban de la risa y posaban elegantes para el improvisado fotógrafo.  El chico era colombiano (lo averigüé por su acento, claro está) y muy agradable.  A mí me encanta bromear con los trabajadores en cualquier sitio al que voy porque sé lo gilipollas que puede llegar a ser la gente cuando tratas con el público.  Incluso le propuse echar una carrera empujando los “paquetes”, pero A.P. creyó que iba en serio y, asustada, me echó la bronca, jijijij.  Recorrimos el aeropuerto por lugares no permitidos para la mayoría de pasajeros, nos saltamos todas las colas para pasar la seguridad y nos beneficiamos de un largo etcétera de privilegios.
Una vez en el avión encajé a mis dos bolitas en sus asientos, me aseguré de que llevaran a mano todo lo que necesitaban y de que hubiesen hecho pis, les abroché los cinturones y, antes de que hubiéramos despegado, ambas abrieron sus bolsos e hicieron gala de sus tópicas virtudes como abuelas: A.M. empezó a darme pequeños bocadillos de salchichón y chorizo y A.P. me atosigaba con una inmensa bolsa de frutos secos.  “¿Por qué coño me habré sentado en el centro?”, pensé comiendo bocadillo con pistachos, “brrrrrr”.  Lo siguiente: tres horas y pico de avión, un buen rato en el aeropuerto de Atenas y otros sesenta minutos de guagua donde una amable chica nos explicaba los pasos a seguir para registrarnos en el barco y enumeraba las maravillosas -y carísimas, eso no lo dijo- excursiones que podíamos contratar a bordo para “aprovechar” las paradas en los distintos puertos.  Por lo visto, nada más llegar te hacían una tarjeta de identificación con una banda magnética que, al pasarla por un lector, mostraba tu foto y datos en un monitor.  Ese proceso era obligatorio cada vez que subieras y bajaras, por seguridad y control.  Chiquito mal rollo, con lo paranoica que soy yo…

Finalmente, después de tantísimas vueltas, llegamos al camarote.  Al contratar el viaje había optado por uno de los más baratos; esto es, sin ventana (y una mieeeeeerda voy a pagar doscientos euros más por cabeza por un ojo de buey al que no le voy a hacer ni puto caso porque no pienso pisar ese lugar sino para dormir).  Pero como el barco no se había llenado, nos dieron uno de categoría superior; o sea, con ojo de buey, jajaja.  La estancia era pequeña y bonita.  Enmoquetada, disponía de dos comodísimas camas individuales y una litera con una escalerita de quita y pon.  Cotilleamos, impresionables, por aquí y por allá.  Todos los muebles estaban sujetos, las puertas y los cajones tenían imanes para que permanecieran abiertas o cerrados respectivamente, había una pequeña tele, un amplio armario, caja fuerte…  Coloqué las maletas de las viejis en lugares que fueran fácilmente accesibles para ellas y mi triste bolso en un rincón cualquiera (negro y cutre, lo había rescatado de la calle un par de años atrás y dado una nueva oportunidad en la vida: ya había estado en un festival jebi en Zaragoza, en Mallorca y en Argentina, ¡toma ya!).  Sobre la cama más cercana a la puerta encontramos un programa con las actividades a bordo para el día siguiente, la excurisión al Partenón, la hora de salida del barco y todo tipo de información de interés.  Las doñas se pusieron elegantes para cenar y yo me dejé la misma ropa: shorcito brasileño “levantacola”, camisa de asillas y cholas.  Tampoco es que hubiera traído mucho más…

Cuando dimos con el restaurante que nos habían asignado para las cenas (había tres en total, el resto de comidas podías hacerlas tantas veces como quisieras y en donde te apeteciese) varios grupos de pasajeros se aglomeraban en la entrada para saber qué mesa les correspondía.  El metre era un señor chileno muy educado y amable.
-Buenas noches, señorita- saludó a mis tetas. -Número de camarote, por favor.
-Buenas noches, caballero- saludé sacando pecho.  -El número es el quinientos setenta y tres.  Verá, estoy de viaje con mis dos abuelas…
-Buenas noches, señoras- interrumpió elegantemente dirigiéndose a ellas.
-… y nos han colocado en el turno de ocho a diez.  Yo había solicitado el turno de diez a doce porque como ellas son mayores y no pueden ir a la carrera, es más cómodo.  Quería saber si habría posibilidad de cambiarnos- le supliqué desplegando todos mis encantos.
-Pero cómo no, señorita.  Faltaría más.  ¿Cuál es su nombre?
-Thais.
-Bien, Thais.  Le prometo que mañana mismo tiene hecho el cambio.  Ahora, si son tan amables de acompañar a este joven, él les indicará dónde sentarse.  Que aprovechen.
-Muchas gracias, F.- respondí tras leer el nombre que indicaba su plaquita identificativa.

Seguimos al camarero, subimos unos cuantos escalones y, de repente, fue como entrar en el cielo: aparecimos en un enorme salón con dos niveles, mesas decoradas con gusto, cubertería, cristalería, floreros, música ambiental, el delicioso olor de los manjares…  Imagino que eso sería en lo que estarían fijándose mis abuelas, yo sólo veía DECENAS DE CAMAREROS JÓVENES, BUENORROS, AMABLES Y LATINOAMERICANOS TODOS PARA MÍ.  “¡¡¡¿¿¿PERO ESTO QUÉ ESSSSSS???!!!”, pensé, “¿me habré muerto y estoy en el cielo de las pervertidas?  Ya entiendo lo que sintió la ardillita de Ice Age cuando muere y encuentra la bellota gigante de oro”.  Mi cara se iluminó, los colmillos se me afilaron, mi corazón se aceleró, mi chocho se puso a aplaudir y acabé por provocar una explosión de feromonas al más puro estilo de Bola de Dragón.  Por suerte, mis abuelas eran inmunes a este tipo de ataque.  No así los camareros, que muy amablemente se acercaban para recibirnos, saludarnos, servirnos y -al menos yo lo imploraba con todas mis fuerzas- también satisfacer nuestras necesidades sexuales.  Bueno, las mías.  No creo que mis abus estuvieran interesadas en esos menesteres.
-Buenas noches, señoras.  Mi nombre es N. y seré su camarero de las cenas.  Aquí tienen las cartas.  ¿Qué desean tomar?
-Hola N.- respondió el putón que llevo dentro, -¿podría ser vino tinto?
-Claro que sí- me sonrió.  -¿Y para las señoras…?

Disfrutamos de la cena, las abus se hincharon y yo me jalé cuatro copichuelas de tintorro, como quien no quiere la cosa.  Al salir me despedí del metre y, aunque él estaba ocupado arreglando cosas en su ordenador, al escucharme se nos acercó, se interesó por saber qué nos había parecido la cena, nos deseó las buenas noches y estoy segurísima de que me miró el culo hasta que desaparecí de su campo de visión.  Subimos al piano bar, nos acomodamos en tres sillones y les pasé la carta de bebidas.  Las viejis estaban gozando de lo lindo.  A.M. pidió una copa de Baileys y A.P. se puso a cotillear los cócteles sin alcohol.
-Yo quiero un Jurazi Park, er verde-.  Jajajajajaja, es la mejor.
Como la camarera parecía muy liada y yo deseaba conocer a los chicos que trabajaban ahí, me fui a la barra directamente.  Mmmmmmm, ¡por la virgen!, ¿pero qué era esto?  Yo que había dado por perdida mi estimulación genital durante las vacaciones y ahora me encontraba rodeada de bombones para meterme en la boca y paladear intensamente hasta sacarles el relleno de leche.  Me fijé en la identificación del camarero que estaba atendiendo para dirigirme a él por su nombre.  En realidad, eso de las identificaciones me pareció algo de lo más racista, xenófobo o como quieran decirlo.  Cada uno de los empleados cara al público del barco llevaba en su uniforme una plaquita con su nombre y primer apellido, nacionalidad y bandera.  ¿Qué coño le importa al cliente la nacionalidad del trabajador?  El que tenga prejuicios los va a ver potenciados y, al que no los tenga pero sí la tendencia a crearlos, se le estará dando la oportunidad de inventarse nuevos tópicos nacionales basándose en la actuación de una sola persona.  AS-QUE-RO-SO.  En cualquier caso, para mí, como antropóloga sexual, esto era una ventaja y un incentivo: tendría más datos a la hora de elaborar mis estadísticas y podría dirigirme a individuos concretos en el caso de estar buscando, por ejemplo, que me hicieran una buena chupada (colombianos), que tuvieran un magnífico juego de caderas (brasileños) o, si llegara a sentirme muy exquisita -y no me hubiera visto afectada por las gastroenteritis que me atacan cada vez que viajo a otro país y como de los puestos de la calle-, que me metieran toda la lengua bien adennnntro del culo (argentinos y uruguayos).  Para colmo, como si no estuviera ya lo suficientemente exaltada, dirigí la mirada hacia la vitrina de los licores y allí estaba, bajo una bombillita como una aparción evangélica, enterita y precintada, esperándome fiel, una reluciente y prometedora botella de Fernet Branca.  Esto no podía estar yendo mejor…
-Buenas noches, L.  ¿Me puedes dar un Baileys, un Jurassic Park y un fernet con cocacola, por favor?
-Treinta y dos euros- me disparó al entregarme las copas, tanto que ni pude deleitarme con su acento salvadoreño.
-¿Cómo?  Yo tengo todo incluido.
-Ah, bueno, entonces me tiene que enseñar la tarjeta.
-Ah, ¡qué susto!  ¡Gracias!-.  Se la mostré y me despedí.

Nos tomamos las copichuelas, felices pero reventadas.  No podíamos más y decidimos acostarnos.  Sin embargo, yo no estaba tan convencida de irme a la cama a la una.  Aunque no podía con mi alma, el alcohol, los estímulos visuales y mis ganas de fiesta fueron suficientes motivos como para dejar a las niñas en la cama en la cama y aventurarme a dar una vuelta por ahí.  Y así lo hice: las acompañé al camarote, las ayudé a ponerse los camisones (jijiji, qué graciosas) y volví a salir.  Al regresar al bar ya habían cerrado, así que me fui a pasear por las cubiertas.  Estaba bastante contentilla y flipé al darme cuenta de que no había nadie más.  Caminé de un lado para otro y llegué a la popa, donde se encontraba la piscina.  Allí me quedé un rato con la cabeza dando vueltas, sintiendo la brisa del mar y disfrutando de una Atenas iluminada (el puerto y poco más, no crean que tenía una vista de puta madre, y menos teniendo en cuenta mi nivel de alcohol en sangre y mi jodida miopía).
-Buenas noches- una voz alteró desde atrás mi momento de plenitud.  Me giré y vi a un chico (que luego resultó no ser tan joven) que se me acercaba.  Iba doblando una tela grande y llevaba una camisa con un estampado de floripondios tan hortera que imaginé que sería camarero.  Al estar ya a mi lado, lo confirmé con su plaquita, aunque preferí mirarle el pecho infladísimo que se veía a través de los botones abiertos.  -¿Está sola?
-Sí.  Aquí, mirando el mar un rato.
-¿Y vino sola al viaje?
-No, con mis abuelas; pero ya las metí en la cama.
-¿Con sus dos abuelas?- se sorprendió y rió.  -¿Y qué va a hacer ahora?  Bueno, mi nombre es P. y soy camarero del bar de la otra cubierta.  ¿Y usted?
-Thais- respondí, sujetándome un poco nerviosa a la barandilla.  -Eres colombiano, ¿verdad?
-Sí- respondió señalándose la chapa.
-Bueno, lo supuse por tu acento.  He tenido muchos amantes colombianos…-.  ¡Hala!  Así, sin más, que ya nos conocemos lo suficiente…  Ahí estaba saliendo ese monstruo insaciable que vive dentro de mí.  Charlamos unos minutos más, tirándonos los tejos mutua pero moderadamente y, de repente, nos interrumpieron.
-¡P!- gritó otra voz, ahora femenina, desde lejos.
-¡Aquí!
Se acercó una chica de mi altura, complexión ancha, ojos claros y pelo entre rubio con reflejos rojos, o eso me pareció.  Llevaba otro uniforme diferente, con pantalón negro, blusa blanca y chaleco negro también.  Me miró de la cabeza a los pies, sonriendo.
-Hola, soy M.- me saludó con suave acento brasileño y luego se dirigió al pecho fuerte.  -P., están preguntando por ti.
-Nos tenemos que ir porque nosotros no podemos estar aquí.  Dentro de un rato vamos a salir de fiesta, ¿quiere venir?- me invitó P.
-¿Bajar del barco?  ¿Se puede?
-Claro que sí, mientras el barco está en puerto los pasajeros pueden salir.
Me vi tentada pero me saltó la alarma.  No es que no me fiara de ellos; aunque no los conociera, los de seguridad nos verían salir juntos, así que eso no me preocupaba.  Pero no les había dicho nada a las viejis y no quería asustarlas.  Además, no conocía la ciudad y tampoco podía gastar más dinero.  Así que les dije que mejor en otra ocasión, pues debía madrugar al día siguiente.  Nos despedimos, respiré profundamente a sabiendas de haber perdido la oportunidad sexual del día, di otro paseíto y me fui directa al camarote.  Al abrir la puerta me recibieron con un dueto de viento desincronizado que asustaba.  ¡¡Qué manera de roncar, las cabronas!! Eché un chorrito, me quedé en tanga, me subí a la litera y me dormí en seguida.

Continuará…

viernes, 12 de octubre de 2012

VACACIONES EN EL MAR: EL AUTÉNTICO "TODO INCLUIDO" (INTRODUCCIÓN)

¿Conocen ese maravilloso y brevísimo estado de euforia, positivismo y amor pleno que provoca el inicio de la borrachera?  Ese que precede a la nostalgia, la tristeza, el llanto, el rencor, la violencia, los mensajes de texto inoportunos a tus exparejas y la pérdida total de dignidad y de control sobre tu cuerpo (especialmente del ano, la vejiga y el cardias).  Pues un día cualquiera de junio del año pasado, a una hora de lo más decente, me encontraba tomando unas claritas en mi antro de perdición dominicano, feliz de la vida, disfrutando de mi maravilloso y brevísimo estado de euforia, positivismo y amor pleno.  En eso, que suena el móvil.
-¡Hola N.!- saludé por su nombre a mi abuela materna (en lo sucesivo, A.M.), costumbres de la familia.
-Jijiji- rió, como siempre hace cuando le respondo al teléfono con mi voz de pito. -A ver, ¿cómo estás, bonita mía?  
-Bien, bien, todo tranqui, charlando con unos amigos y tomándome unas claritas.
-Jijiji, pero qué bien vives.  Bueno, ¿todo bien, necesitas algo?
-Sí, sí, todo bien por suerte, gracias.  No necesito nada.
-Bueno, tú sabes que cuando necesites cualquier cosa, llamas a tu abuela, que eso queda entre tú y yo.  Y si te quieres venir a Madrid como otras veces, ya sabes que ésta es tu casa.
-Gracias N., te quiero. ¿Sabes qué?  ¿Te acuerdas de ese crucero que siempre quisiste hacer?  ¿Al que prometí llevarte hace tiempo, en cuanto pudiera?  Pues creo que éste es el momento: ahora o nunca.
-¿Sí?- feliz mas cautelosa, advirtiendo en mi forma de arrastrar las palabras que ya iba bebida.
-Que sí, que sí.
-Bueno, tú sabes que yo tengo una huchita.  Lo dejo todo en tus manos.

Unos días más tarde, cuando recordé y fui sobriamente consciente de lo que había hecho, comprendí que no podía echarme atrás.  "Joderrrrrrr, ¿qué coño hago ahora?  Si no tengo un puto duro".  Y como yo soy así de feliz y despreocupada, en lugar de ponerme a buscar algún trapicheo para juntar dinero y evitar gastarme lo poco que tenía, me fui al bar a tomarme unas cañitas para entrar de nuevo en ese maravilloso estado que te promete que todo va a salir bien.  Y vuelve a sonar el móvil.
-¡Hola abuela!-, así llamo a mi abuela paterna (en lo sucesivo, A.P.). 
-¡Hola, prezioza!- considero imprescindible transcribir su acento andaluz, me encanta. -¿Qué haze?
-Naaaaaaaaaada.  Aquí, tomándome unas cervecitas.  ¿Tú qué tal?  
-Ozú, mu mal.  ¿No zabe que este año tampoco vamos a tener pizina?  No no la han arreglao a tiempo y na, zin pizina no vamo a ir al apartamento.  A quedarme aquí encerrá to el verano, muertita de caló.
-Oye, ¿te gustaría ir a un crucero conmigo y con N.?  Yo le había prometido hace tiempo que iríamos juntas pero, como a ti no te gusta mucho viajar, no te había dicho nada.  
-¿Un cruzero?  ¿En un barco grande?  Bueno, yo .  A mí no me da mieo.

Y así es como, sin comérmelo ni bebérmelo (bueno, en realidad fue por bebérmelo todo, asco de borracha), me comprometí a llevarme a mis dos abuelas octogenarias de crucero.  La noticia corrió como reguero de pólvora y mis padres y tíos fueron llamándome para  preguntarme si estaba segura, decirme que era una bendita o, directamente, que estaba como una polla en vinagre (fatal de la cabeza, vamos).   Y yo lo único que hacía era devanarme los sesos para ver cómo amasar unos euros, mientras me tomaba unas claritas a ritmo de bachata en mi antro de perdición dominicano.  

Un par de días más tarde me dirigí a una agencia de viajes que había al lado de casa, en el Paralelo.  Crucé la nueva Plaza del Molino (remodelada tras la horrible transformación y reapertura del teatro) que bien se encarga la policía de despejar los días de función, cambiando a los vecinos del barrio (gitanos rumanos, adolescentes latinoamericanos, tercera edad, paquistaníes, artistas, travestis, prostitutas, ladrones y borrachos como yo) por colas de pijos engalanados que no sé a dónde coño se creen que van.  De jueves a domingo, olvídate de comerte un cacho de pizza de Pizzería La Torre (recomendadísima) y tomarte una birra en un banco, que "eso da mala imagen".  Pues eso, que me fui a la agencia de viajes.  Yo soy una aventurera, siempre compro los pasajes en el último momento y por internet; lo demás, ya viene solo.  Pero viajando con dos señoras tan mayores, más valía prevenir.  La verdad es que no tenía ni idea de en qué consistía un crucero exactamente, nunca había estado en uno y ni siquiera me llamaban mucho la atención.  Demasiada elegancia y pijerío, jajajaja, a mí me gusta dormir en la naturaleza o en hostalitos cutres.  Le comenté a la chica lo que buscaba, me sacó un par de catálogos y me habló de los trayectos, las tarifas y las ventajas de cada uno.  Me decidí por un recorrido por varias Islas Griegas, Dubrovnik y Venecia, a principios de septiembre -que es más barato y el barco va más vacío- y, por sólo cien euros más, con TOOOOOOOOOOOODAS LAS BEBIDAS INCLUIDAS (y teniendo en cuenta lo caras que son las bebidas a bordo, los cien euros los amortizas en la primera comida, jijijiji).

-Bueno, al menos tengo ocho días y siete noches para beber lo que me de la gana- le dije a E., el camarero del bar.
-Pero Ruuuuubia, tú ahí vas a singar como loca, jajajajaja- respondió mientras me abría una Presidente vestida de novia (así le dicen los dominicanos a la cerveza tan fría que sale con capita blanca por encima).
-No sé, no creo.  A los cruceros suelen ir recién casados, jubilados y familias.  Y todos españoles, jajajaja.  Intentaré que se pasen los días lo más rápido posible para volver aquí, con mis negritos ricos.  Ponme La Avispa, anda, que la voy a bailar con F.


Continuará... 













lunes, 24 de septiembre de 2012

EL TRIPI, LA RUSA Y EL PIE DE LA RUSA

A Clío.


La historia que me dispongo a contar trata sobre una de las situaciones más morbosas que me han sucedido...

Supongo que he normalizado tanto el sexo en mi vida que a veces olvido que, en el placer humano, el cerebro es, posiblemente, más importante que cualquier otro órgano interviniente.  Las fantasías, el erotismo, lo que no se ve pero se intuye, ser consciente de lo que se está haciendo o imaginar lo que va a suceder son estimulantes más potentes que el mejor fármaco; así mismo, el estrés, la hipócrita moral religiosa, la baja autoestima y cualquier otro problema o preocupación pueden provocarnos todo tipo de disfunciones y sumirnos en la más horrible impotencia sexual.  Por eso, como para mí es normal -y preferible- el sexo con dos hombres que con uno, considero un revolcón la forma lógica de terminar una noche de fiesta, no necesito saber el nombre de un tío que me calienta para acostarme con él y nunca dejo de chupar una polla que a continuación pienso meterme, en ocasiones se me pasa disfrutar de cosas tan sencillas como un intercambio de miradas en el súper (sin tener que ir a pedirle el teléfono) o un buen beso (sin la necesidad de acabar con la boca llena de leche) -pero qué desperdicio, jajaja-.

En aquella época vivía yo en La Barceloneta, antiguo barrio pesquero de Barcelona que guardo en mi memoria con mucho cariño.  Tiempo atrás había entablado amistad con L., un bombonazo argentino que resultó ser yo, pero sin tetas y con polla.  Desde el día que nos conocimos follábamos como locos, aquí y allá, bebíamos hasta perder el sentido, deambulábamos los fines de semana por la ciudad -causando problemas alguna que otra vez-...  Nos contábamos nuestras aventuras, nuestros garches (así se refería a nuestros ligues sexuales), extrañábamos juntos a nuestras familias y amigos (él también estaba solo)...  Ninguno de los dos dábamos importancia a cosas superficiales como la estética o las pertenencias y, si la fiesta se prolongaba o se trasladaba a cien kilómetros, no sufríamos por tirarnos dos días sin ducharnos o sin cambiarnos la ropa.  En definitiva, éramos como hermanos, pero al estilo Calígula.

Muchas mañanas de domingo me despertaba con un mensaje de texto (nunca tocaba al portero por si yo estaba acompañada), casi siempre pidiéndome asilo para descansar después de haber huído sigilosamente de la casa de alguna chica con la que hubiera pasado la noche.  Otras, me proponía un plan que solía incluir algún tipo de autoagresión física (alcohol, drogas, sexo, mar y sol, excursión... cualquiera de estas opciones, pero en exceso).  Pues eso, que sonó el móvil sobre las once y esto fue lo que leí: "Rubia, tengo una pepa, ¿vamos a flashear por ahí?  Estoy en la playa".  Pepa quiere decir tripi; flashear, flipar y la Rubia soy yo.  Me bautizó así la noche que nos conocimos, alegando que no se podía acordar del nombre de todas las tías con las que se acostaba. 
-Te entiendo, yo ni me acuerdo de la cara de un montón de pibes que me trinché, jajaja- respondí alegre porque, al fin, había dado con alguien que, no sólo no me juzbaba y me comprendía, sino que le pasaba lo mismo que a mí.  Y, desde entonces, "la Rubia" me quedé para L. y para muchísima otra gente que conocí después, si es que él era quien nos presentaba.

"Ok.  Tengo que vestirme.  Sube si quieres mear o comer algo".  Así lo hizo.  Se lavó los dientes utilizando el dedo a modo de cepillo, picamos pan con queso para preparar el estómago y abrimos dos cervezas.  Extrajo de la cartera un papel de fumar doblado, lo abrió y cogió un cartoncito muy pequeño.
-Sólo tengo media, pero con un cuarto para cada uno estará bien.  Lo dividió en dos, se metió en la boca el trozo que había resultado más grande (al fin y al cabo, él era mucho más alto y pesado que yo) y me dio mi parte.  Yo también me lo metí en la boca, lo humedecí y luego me lo coloqué dentro del párpado inferior del ojo derecho.  L. me explicó una vez que esa era la forma más yonki de consumir el tripi, pero a mí me resulta considerablemente más cómodo.  Si me lo dejo en la boca, al estilo tradicinal, entre la mejilla y la encía, corro el riesgo de tragármelo al beber cerveza.  Lo bueno de ponérmelo en el ojo es que puedo alargar el proceso de absorción; lo malo, que con la borrachera (lo que el pan -y su ingrediente básico, el trigo- es a la dieta meditérránea, lo es la cerveza -y su ingrediente básico, la cebada- a la mía: la tomo con todo) y el efecto del propio ácido, muchas veces me quedo dormida sin quitármelo y, al otro día, tengo el globo ocular rrrrrrrrrrressssssseco y con unos derrames que asusta.

-¿A dónde podemos ir?  A algún sitio loco...
-No sé...  ¿Al Parque Güel?- propuse mientras nos dirigíamos a la parada de metro.
-Uh, buenísimo.  Espero que no haya muchos turistas, como es domingo...

Cogimos la línea cuatro (la amarilla) y fuimos hasta la parada Paseo de Gracia; ahí, cambiamos a la línea tres (la verde) y seguimos hasta Vallcarca.  El día era ideal para flipar al aire libre: estaba despejado, la atmósfera limpia y la temperatura era suave.  En el parque se mezclaban los aromas, los colores, el canto de los pájaros, la brisa silbando entre los árboles...  Bueno, a lo mejor es sólo que el tripi estaba buenísimo, jajaja.  Íbamos mirando todo como dos niños chicos, quedándonos embobados con cada detalle, agachándonos para observar a las hormigas transportando alimento (aunque daban un poco de miedo con esa organización tan infalible), fijándonos en lo bien hechas que estaban las flores y sorprendidos por lo rara que era toda la gente que paseaba por allí -sí, definitivamente, el tripi estaba haciendo efecto, porque no podía ser coincidencia que todas las personas con cara Leslie Nielsen se hubieran puesto de acuerdo para ir ese día al Parque Güell, jajaja-.  Pasamos delante de una señora china que tocaba un instrumento de cuerda que no conocíamos.  Nos paramos para permitir que la música nos invadiera.  Cerré los ojos y lo demás vino solo: sentía los acordes rebotando en mi piel, penetrando mis oídos, colocándose en mi torrente sanguíneo para recorrer todo mi cuerpo.  Las melodías se hinchaban en colores en mi cerebro, colores que crecían y se encogían, que parpadeaban y danzaban.  El corazón había abandonado su ritmo natural para dejarse marcar por los nuevos sonidos.  Volví a abrir los ojos y vi cómo los dedos de la señora china se alargaban hasta llegar a mí, se pegaban en las partes descubiertas de mis brazos y mis muslos como electrodos y, al  empezar a mover las manos como una directora de orquesta, mi carne interpretó la pieza más hermosa que jamás había escuchado, o pensado, o sentido...

-Rubi...  ¡Che, Rubita!  ¿Estás flasheando?  Mirá que a la nachi no le cabe que la mirés así...- dijo L. dándome codazos.
-Joder, ¡capullo!  Era tan guay...  Y todo huele tan bien...  Seguro que la tierra sabe a vida-.  Sí, la verdad que ese tripi estaba muuuuuuuuuuuuy rico y yo estaba colgadísima, jajajaja.  L., al escuchar mis palabras, vio su oportunidad.  Bromista innato -o nato, que es lo mismo; curiosidades de la lengua-, había encontrado en mí un blanco perfecto (y no sólo para enlecharme).  Vivir y manejarme siempre sola me enseñó a desconfiar de cualquiera.  Sin embargo, una vez que entablo cierta amistad con alguien (o si existe relación de parentesco), mi cerebro rechaza automáticamente la opción de que se burlen o quieran aprovecharse de mí.  Y al observar que la flipada que llevaba multiplicaba mi credulidad por mil, no desaprovechó la coyuntura.
-Sabés que estas paredes de colores son de golosina, ¿no?-, no sé cómo el hijo de perra consigue hacerme siempre cosas así, sin reírse.  Desconfié, pero demasiado poco.  Bebí un trago de la birra, que ya estaba caliente, y pregunté:
-¿En serio?
-Sí, sí.  Dale, probalo.  Está buenísimo.
Yo sólo veía a Leslie Nielsen en el cuerpo de L. invitándome a probar de una inmensa golosina, ¡¡¡TODO UN PARQUE HECHO DE GOLOSINA!!!  Y, a pesar de que no soy muy dulcera, la tentación era superior a mis fuerzas.
-¿Seguro?  No te burlas de mí, ¿no?
-Dale, Rubita, ¿cuando me burlé yo de vos?  Probá, está bueníiiiiiiisima.

¡¡¡¡SIIIIIIIIIIIIIII, LO PROBEEEEEEEEEEEEE!!!!  ¡¡¡¡LAMI UNA PUTA PARED JEDIONDA DE AZULEJOS DEL PARQUE GÜELL!!!!  Y no, no me supo a golosina.  Cuán caprichosas son las drogas a la hora de administrar sus efectos: puedes estar rodeada por cientos de Leslies Nielsens, descubrir el plan secreto de las hormigas para conquistar el mundo y conseguir que una china saque música de ti como si fueras el instrumento más sofisticado, pero luego chupas una pared y no te sabe a nada especial.  Y L. no podía parar de reírse, reía, reía, se doblaba y seguía riéndose.  A mí me daba igual, la verdad, no entendía mucho, pero tenía la impresión de que algunas personas nos miraban.
-¡JAJAJAJAJAJA! ¡AY, RUBIA, QUÉ MONGA SOS!  Vámonos y te invito a otra birra, jajajaja.
-Que te den.  Una que esté fría.

A mí lo de chupar la pared me había abierto el apetito, así que pillamos unas latas y unos bocadillos que nos costaron un ojo de la cara (el del cuarto de tripi no, por ese nos tendrían que haber dado unos helados también).  Haber esperado a salir del parque para comprarlos no había servido de nada, todas las calles cercanas también aprovechan el tirón  y ponen precios para turistas, aunque el negocio sea una ventita de mierda con folios pegados en las ventanas anunciando sus productos ortográficamente incorrectos.  Subimos al metro y decidimos que, puestos a flipar, podíamos visitar también la Sagrada Familia.  Fuimos hasta Diagonal en la línea tres y ahí cambiamos a la línea cinco (la azul).  Dos paradas más y bajamos, pero no duramos mucho en la calle, hacía demasiado calor, estaba todo lleno de gente y era imposible conseguir un murito a la sombra para sentarse.

-Uf, ¿por qué no vamos al barrio y bajamos a la playa o algo?  Me estoy guisando.
-Sí, mejor, que ya estoy empezando a chivar- respondió L. oliéndose el sobaco.
Volvimos a la parada de metro y, al entrar, nos dimos cuenta de que estaba extrañamente vacía, para ser domingo y para ser esa hora.  Nos sentamos a esperar, miré el cartel que indica el tiempo que tarda en entrar el próximo metro y refunfuñé:
-¡Joder!  Faltan siete minutos.  Bueno, por lo menos se está fresquito.

Y entonces, pasó algo que, después de los años, sigo recordando como si hubiera sido ayer.  Aparecieron en el andén tres señoras rusas (sé que lo eran por la pequeña guía que consultaban).  De cuarenta y cinco para arriba, altas, elegantísimas, hermosas y sofocadas por el calor.  Se sentaron a unos metros de nosotros y una empezó a quejarse de que le dolían los pies (yo no entiendo ruso, pero ponía cara de dolor mientras se los tocaba, y si estaban recorriendo los sitios emblemáticos, no hay que ser muy listo para atar cabos).  No podía dejar de mirarla, era guapísima, con la piel blanca propia de su región y el rosado subido por las altas temperaturas.  Llevaba el pelo corto, teñido de rojo pero muy natural.  Ojos verdes...  Guapísima.  Vestía un traje de chaqueta blanco con finas rayas negras atravesándolo verticalmente.  Las gotas de sudor le brotaban de la cara, el cuello, el pecho...  Nosotros y ellas intercambiamos miradas y saludos de cortesía.
-Mirá las veteranas, qué lindas- dijo L. por lo bajini, mientras les sonreía.  Ellas nos hicieron gestos para indicarnos que estaban cansadísimas y aturdidas por el calor.  Dios, qué mujeres.  Y, de repente, la pelirroja lo hizo: cruzó la pierna izquierda sobre la derecha, remangó la pernera, tiró de la cremallera que recorría la altísima caña de su bota negra y, con sumo cuidado, la sujetó por la punta con la mano izquierda y por el imposible tacón con la derecha para liberar, al fin, su mortificado pie, envuelto en una media, negra también, que se me antojó la prenda con más suerte del mundo.

¡¡¡DIOSSSSSSSSSSSSSS!!!  Sentí que me moría.  El aroma de su pie vino arrastrado por la corriente del túnel, tentó a mi nariz, rodeó mi cuello, acarició mis pechos y se deslizó hasta mis muslos, sorteando la minifalda vaquera, las bragas, y consiguiendo que me mojara en cuestión de segundos.  Me levanté.
-¿Qué hacés?
-Voy a darle un masaje.
-¿Qué?

Le indiqué mediante gestos que si me permitía masajearla.  Ellas flipaban, pero la pelirroja no se negó.  Clavé la rodilla izquierda en el suelo y dejé la otra pierna flexionada para poder acomodar ahí su pie.  Lo agarré suavemente.  Estaba caliente, muy caliente.  El contacto de la media negra con las yemas de mis dedos fue pura electricidad.  Los cinco estábamos callados, expectantes, el ambiente era tenso, pero no una tensión incómoda.  Mi minifalda se recogía hacia arriba y sé que se me veían las bragas, sé que ella las miraba, y también que me miraba a por encima del escote las tetas, apretadas por la postura de los brazos.  A través de las mínimas perforaciones de la tela de las medias se escapaba la esencia de su pie, un olor dulce y húmedo, olor a sexo.  Era fascinante.  Yo estaba hipnotizada, masajeándola, sin apartar la vista de sus perfectos dedos con las uñas pintadas de rojo.  Se relajó, acomodó la espalda en la pared, alzó la cabeza, cerró los ojos y empezó a emitir tímidos gemidos de placer.  BRRRRRRRRRRRRR, ME PUSE BERRACAAAAA.  Me daba igual que me estuvieran observando, acerqué un poco más mi cara, quería sentirlo cerca, quería saborear ese olor que me estaba enloqueciendo, quería lamerle el pie desde el talón hasta los dedos, metérmelo en la boca, mordisquearlo, pasármelo por la cara...  Quería desnudarla ahí mismo y descubrir su cuerpo de mujer madura, tibio, relajado, hermoso, experimentado...  Quería comérmela entera, chuparla, sorberla...

¡¡¡¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!!!  "Mierda, el metro".  El puto metro me arrancó literalmente del paraíso.  Todos nos sobresaltamos, parecía que hubieran pasado horas.  Y ella parecía que había sentido todo lo que yo deseé, lucía satisfecha.  Se colocó la bota como avergonzada, como si supiera lo que había pasado entre ambas en mi cabeza, como si todos lo supieran.  Sé que entré, me senté y, cuando quise darme cuenta, se estaban bajando en la siguiente parada.  

No dejé de olerme las manos en todo el día, esperando en vano que volviera.  La verdad, sigo esperándola...