viernes, 12 de octubre de 2012

VACACIONES EN EL MAR: EL AUTÉNTICO "TODO INCLUIDO" (INTRODUCCIÓN)

¿Conocen ese maravilloso y brevísimo estado de euforia, positivismo y amor pleno que provoca el inicio de la borrachera?  Ese que precede a la nostalgia, la tristeza, el llanto, el rencor, la violencia, los mensajes de texto inoportunos a tus exparejas y la pérdida total de dignidad y de control sobre tu cuerpo (especialmente del ano, la vejiga y el cardias).  Pues un día cualquiera de junio del año pasado, a una hora de lo más decente, me encontraba tomando unas claritas en mi antro de perdición dominicano, feliz de la vida, disfrutando de mi maravilloso y brevísimo estado de euforia, positivismo y amor pleno.  En eso, que suena el móvil.
-¡Hola N.!- saludé por su nombre a mi abuela materna (en lo sucesivo, A.M.), costumbres de la familia.
-Jijiji- rió, como siempre hace cuando le respondo al teléfono con mi voz de pito. -A ver, ¿cómo estás, bonita mía?  
-Bien, bien, todo tranqui, charlando con unos amigos y tomándome unas claritas.
-Jijiji, pero qué bien vives.  Bueno, ¿todo bien, necesitas algo?
-Sí, sí, todo bien por suerte, gracias.  No necesito nada.
-Bueno, tú sabes que cuando necesites cualquier cosa, llamas a tu abuela, que eso queda entre tú y yo.  Y si te quieres venir a Madrid como otras veces, ya sabes que ésta es tu casa.
-Gracias N., te quiero. ¿Sabes qué?  ¿Te acuerdas de ese crucero que siempre quisiste hacer?  ¿Al que prometí llevarte hace tiempo, en cuanto pudiera?  Pues creo que éste es el momento: ahora o nunca.
-¿Sí?- feliz mas cautelosa, advirtiendo en mi forma de arrastrar las palabras que ya iba bebida.
-Que sí, que sí.
-Bueno, tú sabes que yo tengo una huchita.  Lo dejo todo en tus manos.

Unos días más tarde, cuando recordé y fui sobriamente consciente de lo que había hecho, comprendí que no podía echarme atrás.  "Joderrrrrrr, ¿qué coño hago ahora?  Si no tengo un puto duro".  Y como yo soy así de feliz y despreocupada, en lugar de ponerme a buscar algún trapicheo para juntar dinero y evitar gastarme lo poco que tenía, me fui al bar a tomarme unas cañitas para entrar de nuevo en ese maravilloso estado que te promete que todo va a salir bien.  Y vuelve a sonar el móvil.
-¡Hola abuela!-, así llamo a mi abuela paterna (en lo sucesivo, A.P.). 
-¡Hola, prezioza!- considero imprescindible transcribir su acento andaluz, me encanta. -¿Qué haze?
-Naaaaaaaaaada.  Aquí, tomándome unas cervecitas.  ¿Tú qué tal?  
-Ozú, mu mal.  ¿No zabe que este año tampoco vamos a tener pizina?  No no la han arreglao a tiempo y na, zin pizina no vamo a ir al apartamento.  A quedarme aquí encerrá to el verano, muertita de caló.
-Oye, ¿te gustaría ir a un crucero conmigo y con N.?  Yo le había prometido hace tiempo que iríamos juntas pero, como a ti no te gusta mucho viajar, no te había dicho nada.  
-¿Un cruzero?  ¿En un barco grande?  Bueno, yo .  A mí no me da mieo.

Y así es como, sin comérmelo ni bebérmelo (bueno, en realidad fue por bebérmelo todo, asco de borracha), me comprometí a llevarme a mis dos abuelas octogenarias de crucero.  La noticia corrió como reguero de pólvora y mis padres y tíos fueron llamándome para  preguntarme si estaba segura, decirme que era una bendita o, directamente, que estaba como una polla en vinagre (fatal de la cabeza, vamos).   Y yo lo único que hacía era devanarme los sesos para ver cómo amasar unos euros, mientras me tomaba unas claritas a ritmo de bachata en mi antro de perdición dominicano.  

Un par de días más tarde me dirigí a una agencia de viajes que había al lado de casa, en el Paralelo.  Crucé la nueva Plaza del Molino (remodelada tras la horrible transformación y reapertura del teatro) que bien se encarga la policía de despejar los días de función, cambiando a los vecinos del barrio (gitanos rumanos, adolescentes latinoamericanos, tercera edad, paquistaníes, artistas, travestis, prostitutas, ladrones y borrachos como yo) por colas de pijos engalanados que no sé a dónde coño se creen que van.  De jueves a domingo, olvídate de comerte un cacho de pizza de Pizzería La Torre (recomendadísima) y tomarte una birra en un banco, que "eso da mala imagen".  Pues eso, que me fui a la agencia de viajes.  Yo soy una aventurera, siempre compro los pasajes en el último momento y por internet; lo demás, ya viene solo.  Pero viajando con dos señoras tan mayores, más valía prevenir.  La verdad es que no tenía ni idea de en qué consistía un crucero exactamente, nunca había estado en uno y ni siquiera me llamaban mucho la atención.  Demasiada elegancia y pijerío, jajajaja, a mí me gusta dormir en la naturaleza o en hostalitos cutres.  Le comenté a la chica lo que buscaba, me sacó un par de catálogos y me habló de los trayectos, las tarifas y las ventajas de cada uno.  Me decidí por un recorrido por varias Islas Griegas, Dubrovnik y Venecia, a principios de septiembre -que es más barato y el barco va más vacío- y, por sólo cien euros más, con TOOOOOOOOOOOODAS LAS BEBIDAS INCLUIDAS (y teniendo en cuenta lo caras que son las bebidas a bordo, los cien euros los amortizas en la primera comida, jijijiji).

-Bueno, al menos tengo ocho días y siete noches para beber lo que me de la gana- le dije a E., el camarero del bar.
-Pero Ruuuuubia, tú ahí vas a singar como loca, jajajajaja- respondió mientras me abría una Presidente vestida de novia (así le dicen los dominicanos a la cerveza tan fría que sale con capita blanca por encima).
-No sé, no creo.  A los cruceros suelen ir recién casados, jubilados y familias.  Y todos españoles, jajajaja.  Intentaré que se pasen los días lo más rápido posible para volver aquí, con mis negritos ricos.  Ponme La Avispa, anda, que la voy a bailar con F.


Continuará... 













lunes, 24 de septiembre de 2012

EL TRIPI, LA RUSA Y EL PIE DE LA RUSA

A Clío.


La historia que me dispongo a contar trata sobre una de las situaciones más morbosas que me han sucedido...

Supongo que he normalizado tanto el sexo en mi vida que a veces olvido que, en el placer humano, el cerebro es, posiblemente, más importante que cualquier otro órgano interviniente.  Las fantasías, el erotismo, lo que no se ve pero se intuye, ser consciente de lo que se está haciendo o imaginar lo que va a suceder son estimulantes más potentes que el mejor fármaco; así mismo, el estrés, la hipócrita moral religiosa, la baja autoestima y cualquier otro problema o preocupación pueden provocarnos todo tipo de disfunciones y sumirnos en la más horrible impotencia sexual.  Por eso, como para mí es normal -y preferible- el sexo con dos hombres que con uno, considero un revolcón la forma lógica de terminar una noche de fiesta, no necesito saber el nombre de un tío que me calienta para acostarme con él y nunca dejo de chupar una polla que a continuación pienso meterme, en ocasiones se me pasa disfrutar de cosas tan sencillas como un intercambio de miradas en el súper (sin tener que ir a pedirle el teléfono) o un buen beso (sin la necesidad de acabar con la boca llena de leche) -pero qué desperdicio, jajaja-.

En aquella época vivía yo en La Barceloneta, antiguo barrio pesquero de Barcelona que guardo en mi memoria con mucho cariño.  Tiempo atrás había entablado amistad con L., un bombonazo argentino que resultó ser yo, pero sin tetas y con polla.  Desde el día que nos conocimos follábamos como locos, aquí y allá, bebíamos hasta perder el sentido, deambulábamos los fines de semana por la ciudad -causando problemas alguna que otra vez-...  Nos contábamos nuestras aventuras, nuestros garches (así se refería a nuestros ligues sexuales), extrañábamos juntos a nuestras familias y amigos (él también estaba solo)...  Ninguno de los dos dábamos importancia a cosas superficiales como la estética o las pertenencias y, si la fiesta se prolongaba o se trasladaba a cien kilómetros, no sufríamos por tirarnos dos días sin ducharnos o sin cambiarnos la ropa.  En definitiva, éramos como hermanos, pero al estilo Calígula.

Muchas mañanas de domingo me despertaba con un mensaje de texto (nunca tocaba al portero por si yo estaba acompañada), casi siempre pidiéndome asilo para descansar después de haber huído sigilosamente de la casa de alguna chica con la que hubiera pasado la noche.  Otras, me proponía un plan que solía incluir algún tipo de autoagresión física (alcohol, drogas, sexo, mar y sol, excursión... cualquiera de estas opciones, pero en exceso).  Pues eso, que sonó el móvil sobre las once y esto fue lo que leí: "Rubia, tengo una pepa, ¿vamos a flashear por ahí?  Estoy en la playa".  Pepa quiere decir tripi; flashear, flipar y la Rubia soy yo.  Me bautizó así la noche que nos conocimos, alegando que no se podía acordar del nombre de todas las tías con las que se acostaba. 
-Te entiendo, yo ni me acuerdo de la cara de un montón de pibes que me trinché, jajaja- respondí alegre porque, al fin, había dado con alguien que, no sólo no me juzbaba y me comprendía, sino que le pasaba lo mismo que a mí.  Y, desde entonces, "la Rubia" me quedé para L. y para muchísima otra gente que conocí después, si es que él era quien nos presentaba.

"Ok.  Tengo que vestirme.  Sube si quieres mear o comer algo".  Así lo hizo.  Se lavó los dientes utilizando el dedo a modo de cepillo, picamos pan con queso para preparar el estómago y abrimos dos cervezas.  Extrajo de la cartera un papel de fumar doblado, lo abrió y cogió un cartoncito muy pequeño.
-Sólo tengo media, pero con un cuarto para cada uno estará bien.  Lo dividió en dos, se metió en la boca el trozo que había resultado más grande (al fin y al cabo, él era mucho más alto y pesado que yo) y me dio mi parte.  Yo también me lo metí en la boca, lo humedecí y luego me lo coloqué dentro del párpado inferior del ojo derecho.  L. me explicó una vez que esa era la forma más yonki de consumir el tripi, pero a mí me resulta considerablemente más cómodo.  Si me lo dejo en la boca, al estilo tradicinal, entre la mejilla y la encía, corro el riesgo de tragármelo al beber cerveza.  Lo bueno de ponérmelo en el ojo es que puedo alargar el proceso de absorción; lo malo, que con la borrachera (lo que el pan -y su ingrediente básico, el trigo- es a la dieta meditérránea, lo es la cerveza -y su ingrediente básico, la cebada- a la mía: la tomo con todo) y el efecto del propio ácido, muchas veces me quedo dormida sin quitármelo y, al otro día, tengo el globo ocular rrrrrrrrrrressssssseco y con unos derrames que asusta.

-¿A dónde podemos ir?  A algún sitio loco...
-No sé...  ¿Al Parque Güel?- propuse mientras nos dirigíamos a la parada de metro.
-Uh, buenísimo.  Espero que no haya muchos turistas, como es domingo...

Cogimos la línea cuatro (la amarilla) y fuimos hasta la parada Paseo de Gracia; ahí, cambiamos a la línea tres (la verde) y seguimos hasta Vallcarca.  El día era ideal para flipar al aire libre: estaba despejado, la atmósfera limpia y la temperatura era suave.  En el parque se mezclaban los aromas, los colores, el canto de los pájaros, la brisa silbando entre los árboles...  Bueno, a lo mejor es sólo que el tripi estaba buenísimo, jajaja.  Íbamos mirando todo como dos niños chicos, quedándonos embobados con cada detalle, agachándonos para observar a las hormigas transportando alimento (aunque daban un poco de miedo con esa organización tan infalible), fijándonos en lo bien hechas que estaban las flores y sorprendidos por lo rara que era toda la gente que paseaba por allí -sí, definitivamente, el tripi estaba haciendo efecto, porque no podía ser coincidencia que todas las personas con cara Leslie Nielsen se hubieran puesto de acuerdo para ir ese día al Parque Güell, jajaja-.  Pasamos delante de una señora china que tocaba un instrumento de cuerda que no conocíamos.  Nos paramos para permitir que la música nos invadiera.  Cerré los ojos y lo demás vino solo: sentía los acordes rebotando en mi piel, penetrando mis oídos, colocándose en mi torrente sanguíneo para recorrer todo mi cuerpo.  Las melodías se hinchaban en colores en mi cerebro, colores que crecían y se encogían, que parpadeaban y danzaban.  El corazón había abandonado su ritmo natural para dejarse marcar por los nuevos sonidos.  Volví a abrir los ojos y vi cómo los dedos de la señora china se alargaban hasta llegar a mí, se pegaban en las partes descubiertas de mis brazos y mis muslos como electrodos y, al  empezar a mover las manos como una directora de orquesta, mi carne interpretó la pieza más hermosa que jamás había escuchado, o pensado, o sentido...

-Rubi...  ¡Che, Rubita!  ¿Estás flasheando?  Mirá que a la nachi no le cabe que la mirés así...- dijo L. dándome codazos.
-Joder, ¡capullo!  Era tan guay...  Y todo huele tan bien...  Seguro que la tierra sabe a vida-.  Sí, la verdad que ese tripi estaba muuuuuuuuuuuuy rico y yo estaba colgadísima, jajajaja.  L., al escuchar mis palabras, vio su oportunidad.  Bromista innato -o nato, que es lo mismo; curiosidades de la lengua-, había encontrado en mí un blanco perfecto (y no sólo para enlecharme).  Vivir y manejarme siempre sola me enseñó a desconfiar de cualquiera.  Sin embargo, una vez que entablo cierta amistad con alguien (o si existe relación de parentesco), mi cerebro rechaza automáticamente la opción de que se burlen o quieran aprovecharse de mí.  Y al observar que la flipada que llevaba multiplicaba mi credulidad por mil, no desaprovechó la coyuntura.
-Sabés que estas paredes de colores son de golosina, ¿no?-, no sé cómo el hijo de perra consigue hacerme siempre cosas así, sin reírse.  Desconfié, pero demasiado poco.  Bebí un trago de la birra, que ya estaba caliente, y pregunté:
-¿En serio?
-Sí, sí.  Dale, probalo.  Está buenísimo.
Yo sólo veía a Leslie Nielsen en el cuerpo de L. invitándome a probar de una inmensa golosina, ¡¡¡TODO UN PARQUE HECHO DE GOLOSINA!!!  Y, a pesar de que no soy muy dulcera, la tentación era superior a mis fuerzas.
-¿Seguro?  No te burlas de mí, ¿no?
-Dale, Rubita, ¿cuando me burlé yo de vos?  Probá, está bueníiiiiiiisima.

¡¡¡¡SIIIIIIIIIIIIIII, LO PROBEEEEEEEEEEEEE!!!!  ¡¡¡¡LAMI UNA PUTA PARED JEDIONDA DE AZULEJOS DEL PARQUE GÜELL!!!!  Y no, no me supo a golosina.  Cuán caprichosas son las drogas a la hora de administrar sus efectos: puedes estar rodeada por cientos de Leslies Nielsens, descubrir el plan secreto de las hormigas para conquistar el mundo y conseguir que una china saque música de ti como si fueras el instrumento más sofisticado, pero luego chupas una pared y no te sabe a nada especial.  Y L. no podía parar de reírse, reía, reía, se doblaba y seguía riéndose.  A mí me daba igual, la verdad, no entendía mucho, pero tenía la impresión de que algunas personas nos miraban.
-¡JAJAJAJAJAJA! ¡AY, RUBIA, QUÉ MONGA SOS!  Vámonos y te invito a otra birra, jajajaja.
-Que te den.  Una que esté fría.

A mí lo de chupar la pared me había abierto el apetito, así que pillamos unas latas y unos bocadillos que nos costaron un ojo de la cara (el del cuarto de tripi no, por ese nos tendrían que haber dado unos helados también).  Haber esperado a salir del parque para comprarlos no había servido de nada, todas las calles cercanas también aprovechan el tirón  y ponen precios para turistas, aunque el negocio sea una ventita de mierda con folios pegados en las ventanas anunciando sus productos ortográficamente incorrectos.  Subimos al metro y decidimos que, puestos a flipar, podíamos visitar también la Sagrada Familia.  Fuimos hasta Diagonal en la línea tres y ahí cambiamos a la línea cinco (la azul).  Dos paradas más y bajamos, pero no duramos mucho en la calle, hacía demasiado calor, estaba todo lleno de gente y era imposible conseguir un murito a la sombra para sentarse.

-Uf, ¿por qué no vamos al barrio y bajamos a la playa o algo?  Me estoy guisando.
-Sí, mejor, que ya estoy empezando a chivar- respondió L. oliéndose el sobaco.
Volvimos a la parada de metro y, al entrar, nos dimos cuenta de que estaba extrañamente vacía, para ser domingo y para ser esa hora.  Nos sentamos a esperar, miré el cartel que indica el tiempo que tarda en entrar el próximo metro y refunfuñé:
-¡Joder!  Faltan siete minutos.  Bueno, por lo menos se está fresquito.

Y entonces, pasó algo que, después de los años, sigo recordando como si hubiera sido ayer.  Aparecieron en el andén tres señoras rusas (sé que lo eran por la pequeña guía que consultaban).  De cuarenta y cinco para arriba, altas, elegantísimas, hermosas y sofocadas por el calor.  Se sentaron a unos metros de nosotros y una empezó a quejarse de que le dolían los pies (yo no entiendo ruso, pero ponía cara de dolor mientras se los tocaba, y si estaban recorriendo los sitios emblemáticos, no hay que ser muy listo para atar cabos).  No podía dejar de mirarla, era guapísima, con la piel blanca propia de su región y el rosado subido por las altas temperaturas.  Llevaba el pelo corto, teñido de rojo pero muy natural.  Ojos verdes...  Guapísima.  Vestía un traje de chaqueta blanco con finas rayas negras atravesándolo verticalmente.  Las gotas de sudor le brotaban de la cara, el cuello, el pecho...  Nosotros y ellas intercambiamos miradas y saludos de cortesía.
-Mirá las veteranas, qué lindas- dijo L. por lo bajini, mientras les sonreía.  Ellas nos hicieron gestos para indicarnos que estaban cansadísimas y aturdidas por el calor.  Dios, qué mujeres.  Y, de repente, la pelirroja lo hizo: cruzó la pierna izquierda sobre la derecha, remangó la pernera, tiró de la cremallera que recorría la altísima caña de su bota negra y, con sumo cuidado, la sujetó por la punta con la mano izquierda y por el imposible tacón con la derecha para liberar, al fin, su mortificado pie, envuelto en una media, negra también, que se me antojó la prenda con más suerte del mundo.

¡¡¡DIOSSSSSSSSSSSSSS!!!  Sentí que me moría.  El aroma de su pie vino arrastrado por la corriente del túnel, tentó a mi nariz, rodeó mi cuello, acarició mis pechos y se deslizó hasta mis muslos, sorteando la minifalda vaquera, las bragas, y consiguiendo que me mojara en cuestión de segundos.  Me levanté.
-¿Qué hacés?
-Voy a darle un masaje.
-¿Qué?

Le indiqué mediante gestos que si me permitía masajearla.  Ellas flipaban, pero la pelirroja no se negó.  Clavé la rodilla izquierda en el suelo y dejé la otra pierna flexionada para poder acomodar ahí su pie.  Lo agarré suavemente.  Estaba caliente, muy caliente.  El contacto de la media negra con las yemas de mis dedos fue pura electricidad.  Los cinco estábamos callados, expectantes, el ambiente era tenso, pero no una tensión incómoda.  Mi minifalda se recogía hacia arriba y sé que se me veían las bragas, sé que ella las miraba, y también que me miraba a por encima del escote las tetas, apretadas por la postura de los brazos.  A través de las mínimas perforaciones de la tela de las medias se escapaba la esencia de su pie, un olor dulce y húmedo, olor a sexo.  Era fascinante.  Yo estaba hipnotizada, masajeándola, sin apartar la vista de sus perfectos dedos con las uñas pintadas de rojo.  Se relajó, acomodó la espalda en la pared, alzó la cabeza, cerró los ojos y empezó a emitir tímidos gemidos de placer.  BRRRRRRRRRRRRR, ME PUSE BERRACAAAAA.  Me daba igual que me estuvieran observando, acerqué un poco más mi cara, quería sentirlo cerca, quería saborear ese olor que me estaba enloqueciendo, quería lamerle el pie desde el talón hasta los dedos, metérmelo en la boca, mordisquearlo, pasármelo por la cara...  Quería desnudarla ahí mismo y descubrir su cuerpo de mujer madura, tibio, relajado, hermoso, experimentado...  Quería comérmela entera, chuparla, sorberla...

¡¡¡¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!!!  "Mierda, el metro".  El puto metro me arrancó literalmente del paraíso.  Todos nos sobresaltamos, parecía que hubieran pasado horas.  Y ella parecía que había sentido todo lo que yo deseé, lucía satisfecha.  Se colocó la bota como avergonzada, como si supiera lo que había pasado entre ambas en mi cabeza, como si todos lo supieran.  Sé que entré, me senté y, cuando quise darme cuenta, se estaban bajando en la siguiente parada.  

No dejé de olerme las manos en todo el día, esperando en vano que volviera.  La verdad, sigo esperándola...














martes, 18 de septiembre de 2012

NO HAY DOS SIN TRES (III)

Lee aquí la primera parte.
Lee aquí la segunda parte.

Salí, intenté orientarme como buenamente pude, giré a la derecha.  Recordé que tenía que pasar por todos los bares y bajar las escaleras hasta la playa.  Cuando estaba aproximándome, un pibe que estaba sentado en la terraza de uno de los locales me dijo algo.  Yo ya ni veía, pero identifiqué su acento como colombiano también.  Y como yo tengo el oído conectado al chichi, pues le pedí el teléfono.  No me juzguen, ¿qué podía hacer yo?  Ya dije que tenía mucho sexo atrasado y una nunca sabe dónde puede encontrar un amante de esos que merecen la pena.
Bajé las escaleras y allí estaban, sentados en el banco de antes, fumándose el chocolate que les quedaba.  Vacilamos un rato.
-Por cierto, qué buenas tetas tienes- dijo el colombiano, sin apartar la mirada de mi escote.
-Y son naturales- respondí muy orgullosa mientras tiraba hacia abajo de la camiseta y se las enseñaba.  Los dos asintieron y un guiri que justo pasaba por ahí se quedó aturdido.
-¿Qué te parecen?- le dijo J.
-No vi- respondió desde lejos, con acento alemán y casi huyendo.  Volví a sacarlas.  Se rió como un tonto, levantó los pulgares y añadió:
-¡De puta madre!

JAJAJAJAJAJAJAJAJ.  Nos matamos de la risa y, de nuevo no sé cómo, estábamos parados detrás de los baños; en realidad delante, porque nos encontrábamos al lado de la puerta, pero detrás en relación a los bares.  En definitiva, ocultos...  Me tenían aprisionada contra la caseta.  Uno preguntó que si había estado con dos chicos a la vez.  Yo no respondí porque, evidentemente, no era una pregunta, sino una declaración de intenciones.  Qué tiernos, como si yo no me esperara nada, jijiji.  Empezaron a besarme el cuello y yo, al fin, sentí la satisfacción del trabajo bien hecho, jajajaja.  Siempre que hablo con otras mujeres sobre el tema de tener sexo con dos (o más) hombres, suelen poner reparos.  Aunque algunas se amparan en la falsa moralidad de que estar con uno es normal y con dos es de putas (qué va, si yo lo hago gratis; si cobrara, perdería todo el sentido), yo creo que es por miedo, vergüenza, no sé...  Tal vez les preocupe no saber cómo afrontar la situación.  Qué puedo decir al respecto: para mí, tener a dos postadolescentes dispuestos a darme placer (o a dárselo a ellos mismos valiéndose de mi cuerpo) es un chute doble: calentura y autoestima.  Nada me hace más feliz.  Por no hablar de que puedes estar recibiendo rabo durante mucho más tiempo: si uno se cansa o termina, pues reposa mientras el otro bombea, y así sucesivamente.  La verdad es que no consigo encontrarle el lado malo por más que lo busco, jajajajaja.  En cualquier caso y por sororidad, recomiendo la experiencia a todas las féminas.

Giré la cabeza a la derecha y besé al cubano, mientras el colombiano me sacaba un pecho y lo succionaba con esa boca que me volvía loca.  Yo lo sabíiiiiia, esos labios estaban hechos para guarrear.  Cambié.  Ahora besaba al colombiano mientras J. me sobaba las tetas; luego me metió los dedos en la boca para que se los chupara y me los puso en la concha.  Me dio la sensación de que era un poco brusco, pero la verdad es que no me enteraba mucho.  Sin abrir los ojos, bajé mis manos a los dos paquetes.  Sí señor, ahí abajo había calidad.  A ojo de buen cubero (o a mano de buena pajera) iba a disfrutar de un buen par de plátanos macho, jijiji.  El cubano se desabrochó el pantalón y yo me lancé.  Calzoncillos de marca.  "Bah, me la suda, a mí me interesa la polla".  Al apartarlos encontré el regalo de Navidad por el que había rogado, una verga tan dura que con la punta tocaba casi el ombligo.  Alcé mis ojos, como implorando, saqué mi lengua y lamí, sin detenerme, de abajo hacia arriba, desde los huevos hasta la punta, despaciiiiiito, rodeé la cabeza, cerré la boca y me metí la polla  lentamente, haciendo el vacío, creando el efecto de penetrar un agujerito muy estrecho (son muchos años ensayando técnicas).  Mientras se la chupaba con toda mi dedicación, notaba cómo el colombiano me bajaba los pantalones lo suficiente como para tener todo el culo al aire, deslizaba la tanguita a un lado y me metía con mucho cariño un dedito en el orto.  Aaay, estos colombianos, viciosos del culo donde los haya.  Colombia y Argentina, creo que son las dos únicas nacionalidades que han entrado en mi cuarto oscuro, jajajaj.  Pero es que ellos saben ganárselo, las cosas, como son.  Mi culo es como Excalibur, todos tienen una oportunidad, pero deben aprovecharla porque, si no se muestran hábiles, no habrá una segunda.  Me lo metía despacito, con cariño, a penas la puntita para que mi culo se calentara y le pidiera más, tragándoselo como si tuviera vida propia.  ¡¡LA VIRGEN!!  ¿Cómo podía haber vivido tanto tiempo sin esto?  Joder, yo ya tenía contracciones de gusto por todos lados.  Me sentía como niña con zapatos nuevos, jijiji.

-¿Tienes un condón?- preguntó el cubano.  Cogí la riñonera del suelo, saqué unos cuantos y se los repartí con el mensaje oculto de "no me voy a conformar con menos".  Luego agarré otro sobrecito de lubricante e hice lo propio.  ¡¡MALDITO ALCOHOL!!  Cómo me gusta y qué forma horrible de deshidratar mi cuerpito.  Aprendí a llevar siempre lubricante encima después de una fiesta que me pegué hace años con cuatro cubanos, que entre las botellas de lambrusco que nos bajamos y la follada que me metieron, estuve dos días aplicándome  cubitos de hielo para bajar la hinchazón conchal (aunque no me arrepiento, jijiji). Volví a cambiar.  El cubano me agarró de las caderas y me la puso de una vez, hasta el fondo, sin pena, provocándome un escalofrío desde la zona de contacto hasta el cuello.  "MMMMH, QUÉ RICOOOO, podría vivir con una verga dentro".  El colombiano me ofreció la suya, me la tragué sin dudarlo y fue entonces, y sólo entonces, cuando comprendí que la vida empezaba de nuevo para mí.  Estar en esta posición, con algo por la boca y algo por el coño/culo, me hace sentir en armonía con la naturaleza, jajajajaja, suena a chiste, pero es muy real.  Es como ser un "conductor de gusto", a la vez lo recibes y lo das a dos personas diferentes y en ambas direcciones.  Significa ser el epicentro del placer.  Cuanto más te follan, mejor tú chupas, más se mueve el chupado, más te calientas y se te contrae la vagina, más calientas al que te está follando, más fuerte te da...  Aunque no tiene que ser necesariamente con dos hombres.  Un círculo vicioso con un par de amigas, chupándonos entre todas...  ¡¡ESO SÍ ES UNA FIESTA, Y NO LAS DE PIJAMAS!!  Bombeaba de puta madre, me daba duro, como a mí me gusta.  Ahí había mucha resistencia y mucho ejercicio aeróbico, jijiji, mis observaciones de antropóloga sexual no habían sido erróneas.  Me dió y me dió y me siguió dando.

-Me voy a correr, mami.  Ya te dije que yo la primera me corro rápido y luego puedo seguir sin parar.-  Al escuchar estas palabras, el colombiano supo que era su turno y se fue engomando.
-Mmmm... ¿Dónde quieres darme la lechita?
-En la boca- respondió, sacándomela del coño.  Me giré, ladeé la cabeza, lo miré desafiante y me la echó todita donde había elegido.  "Joder, pues si esto es correrse rápido, algunos que yo me sé son Flash, jjjjj".  Se la guardó y se fue a mear, abajo, a las hamacas.  "Colominternet" me colocó contra el baño, me bajó un poco más las calzas y me la metió, jadeándome al oído.  Brrrr, cómo me pone eso.  Era otro estilo, suave, alargando cada metida, prolongándola, mmmm...  Me metió el dedo corazón en la boca y luego lo puso donde tanto le gustaba.  Tener el coño lleno con una polla bien grande sólo puede mejorarse con un dedo en el culo...  Uf... Te sientes, no sé, repleta de gusto, cosas locas te pasan por dentro, adquieres conciencia de partes de tu cuerpo que ni imaginabas, rico...  

Regresó el cubano y así nos pasamos un rato más, haciendo lo que podíamos a pesar de la borrachera que llevábamos y siendo observados, fijo, por algunos turistas que pasaban por allí.  Me di cuenta de que el colombiano funcionaba mejor a solas y creo que ni llegó a correrse, aunque agotamos todos los condones entre idas y venidas.  


Continuará...  (Aunque parezca imposible, jijiji.)